no me obligues a soñar
No me obligues a soñar, la magia no existe. Te lo dije.
Escalones. El primero, creado a imagen y semejanza de un titán, embaucador sin flauta, sin niños, parece insalvable, pero cuando recuperas el suelo llano, observas que era algo circunstancial, cuestión de perspectiva, de tener valor, de recordar cómo se hace.
Número dos. Un edredón sin funda, un armario blanco, pomos que no cierran, la canción que no para, pies fríos, la noche siempre, yogures de coco, un mantel y pan con tomate. Andas a oscuras, casi hacia dentro te susurro: tus caderas.
Ya voy por el tercero, sigo, subiendo, serpenteándote, volviendo a sentir la ligereza que da la libertad, la confianza. Dejo correr las manos por la pared de esta torre, sin miedo a estar en penumbra. Todo se empapa y vuelve esa maravillosa aspereza de lo real. Y no asusta, porque arriba todo es azul.
El cuarto... el aire que huye, me ahogas, me paro, me suelto. Miro hacia arriba. Me rompo, me caigo. Ya